Por creer en Dios y difundir la Biblia, la señora An Eun-sa, que tiene 63 años y oculta su identidad bajo este nombre ficticio, se ha pasado una década encerrada en una cárcel de Corea del Norte y otra más en un campo de trabajo. Condenada por el delito de «difundir supersticiones y prácticas religiosas», era una de las mártires que nutren la iglesia clandestina...
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