Eliseo sonríe nervioso, mientras se seca el sudor con un pañuelo rosado que extrae del traje. «Vine aquí para una reunión de trabajo y ahora no puedo volver. Solo quiero salir de esta mierda (sic)», lamenta el burkinés de 37 años. En la humedad del aeropuerto internacional de Lungi, en Freetown, capital de Sierra Leona, hasta los dandis pierden los papeles. Ayer,...
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