ESTOY sentado, un día cualquiera de la semana pasada, al plácido sol invernal de mediodía en uno de los cajones que sirven de bancos en la Plaza Nueva. A mis pies, las palomas —esas repugnantes ratas aladas— zurean con el buche hinchado mientras picotean cualquier chuchería perdida por los niños, que se encaraman una y otra vez al respaldo como si estuvieran...
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