DE niño, allá en los años 70 del siglo pasado, todavía me dio tiempo a ver casas de aldea cuyas únicas formas de calefacción eran una lumbre pobre y el aliento de cuatro bestias en la cuadra, que caldeaban con sus vahos los espartanos dormitorios del primer piso. La higiene personal era mínima: unas friegas superficiales en una tina, con el baño como artículo...
Suscribete para leer la noticia completa:

