TAL vez porque soy de la generación del Cojo Manteca, confieso que mi estima por el movimiento «okupa» tiende a cero (o menos). De chaval, haciendo reportajes, visité unos cuantos locales liberados. Corría el final de los alegres ochenta y al entrar en el edifico «okupado» nunca faltaba el familiar olorcillo a peta, que hacía las veces de los botafumeiros de...
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