Vivir de la caridad ajena es humillante. Y confortable
«¿HAY un adulto en la sala?», interpela la directora del FMI. Silencio. Y alaridos de dignidad nacional ofendida, en las calles de Atenas. «Somos un pueblo orgulloso», dicen las pancartas. Que, en la fría lengua de los datos, significa: «Un pueblo que no paga». Porque la apelación de Lagarde a la austera edad...
Suscribete para leer la noticia completa:

