NUNCA me ha gustado la parábola del hijo pródigo. Soy madre y, como tal, conozco bien el amor incondicional asociado a la infinita disposición al perdón. Dicho lo cual, si uno de mis dos hijos se dedicara a deshonrar mis principios dilapidando al mismo tiempo mis ahorros, mientras el otro trabajaba duro en aras de cumplir con su deber, jamás cometería la injusticia...
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