TUMBADO al borde de la terraza en ruinas que sobrevuela un barrio en escombros de Bagdad, el francotirador protege a la unidad que avanza. Pétreo bajo el sol, se diría un pliegue de grisalla. Observa y calla: es su trabajo. En su visor aparece una mujer joven, bajo cuyo ropaje se percibe un bulto. A su lado un niño: hijo suyo, sin duda. Puede que tenga seis o...
Suscribete para leer la noticia completa:

