CÓMO no comprender el reclamo irresistible de una buena partidita de Candy Crush. He visto al luciferino juego interrumpir alguna vez en el lecho conyugal («hombre, ¡es que justo ahora no puedo parar…!»). He asumido la derrota hace tiempo: un cónyuge ya muy visto no puede competir con los caramelos de colores del videojuego de moda.
Pero alega Celia Villalobos,...
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