Cuando se produjo el execrable atentado en París, Su Santidad el Papa lo condenó inmediatamente y sin paliativos. A nadie le extrañó, ni nadie se deshizo en elogios por ello; es lo normal. Tan normal como que condene los insultos y vejaciones hacia las religiones, cosa que ofende a muchos miles de personas, sin que por ello esté dispuesto a «dar un puñetazo»...
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