UNA confesión a contrapelo. A algunos nos encantaba aquel Papa alemán, frágil como una porcelana antigua y delicada, pero cerebralmente fuerte, con las neuronas nutridas en mil horas de codos universitarios. Seguramente fue el mayor sabio que se haya sentado en la cátedra de Pedro, con permiso de León XIII y de Pablo VI, un intelectual angustiado, al que le casaría...
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