SOSTIENE el filósofo Javier Gomá que la decencia –palabra antigua, limpia y decorosa como su propio significado– es una opción del corazón que no se puede reglamentar ni imponer con leyes como parecen creer los políticos, que sólo lamentan de la corrupción –esto último lo digo yo, no él– su coste en votos. Un coste reciente, por cierto, fruto de la combinación...
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