CUENTA Jules Michelet que, poco después de Thermidor, un niño de 10 años admiraba «la larga fila de brillantes carruajes que, por primera vez, golpeaban sus ojos a la puerta del teatro. Cocheros de levita, quitándose el sombrero, se ofrecían a los espectadores que salían: ¿necesitáis una carroza, mi amo?». El niño no entiende esas dos últimas palabras: mon maître,...
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