Aún bailan ante mis ojos, entre la incredulidad y el miedo, las escenas del final de la «marcha por la dignidad» del sábado 22 de marzo. No dudo de la buena voluntad de la mayoría de los manifestantes en sus reivindicaciones y del esfuerzo realizado para llegar hasta Madrid, pero ¿cómo permiten que esos mil y pico vándalos se infiltren entre ellos? ¿Dónde está...
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