EL final de septiembre trae alivio a La Ciudad tras los rigores de la canícula. En julio y agosto, el empedrado de las calles milenarias ardía. En las horas más crueles daban ganas de emular a Anita Ekberg, de zambullirse alocadamente en las fuentes renacentistas y chapotear junto a ninfas y tritones. Por el contrario, el declive del verano es una de las épocas...
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