QUÉ reparadora resultaría una dosis colectiva de tila, o una ducha de agua helada que despeje los vapores del fatalismo. Siempre hemos sido un país adicto a los cotilleos de portería y al tremendismo goyesco. Pero ahora el cotorreo se ha vuelto digital, y por tanto, universal. La nueva corrala donde resuenan los antiguos cuchicheos de barrio es internet. El rumor...
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