Era siempre la hora de las chicharras, sudando el búcaro sobre el platillo, ya el transistor durmiendo y el corral callado, cuando aquella melodía que habitaba entre los ecos entraba por la ventana como una leve brisa. La guitarra. El pozo hondo de mis aguas. Un misterio de mástil y caderas de cuya boca he oído siempre las más puras verdades. Porque ésa es la...
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