NO era Viernes Santo de recogida, cuando el agua refleja un oficio de tinieblas. Era una mañana de mayo, exultante de la flor del paraíso que alfombraba el muelle camaronero, hollado antaño por carmelitas descalzos —en su coro cantaría el salterio San Juan de la Cruz—, como árbol emocionado y sangrante por las espinas de la rosa blanca que cultiva perennemente...
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