Antes teníamos en Sevilla unas iglesias muy oscuras y con las enfoscadas paredes muy encaladas, en las que resaltaba todavía más el dorado de los barrocos retablos o el marmoleado de los neoclásicos. Ahora son unos templos con las paredes muy descarnadas, con un ladrillo visto al que se le ve hasta el alma de lo malos que son, ladrillos de fábrica, no casi taraceados...
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