DE pronto, el mar. Ajeno a las banderías que dividen la añosa y añeja piel de toro rodeada por el culturalismo del Mediterráneo y por la epopeya atlántica. Mar sin límites, huérfano de fronteras, incesante en ese oleaje que es la metáfora perfecta del deseo, o viceversa. A la misma hora en que los analistas descifraban las vísceras de las encuestas, el horizonte...
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