Cuando Ratzinger atribuyó el mérito de haber salido más o menos ilesos de la gran crisis, no a los profesores de Teología, sino al pueblo llano («que sabe poner las cosas en su sitio»), podía referirse a esta exuberancia cristiana que impregna las calles.
Al cabo, resulta chestertonianamente irónico que la religión sea el más perfecto ejemplo (y acaso el único)...
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