CUANDO inició su discurso y se presentó como un Hamlet malagueño, algún ingenuo pensó que Antonio Banderas había venido para decirle al Régimen las verdades del barquero. Pero no fue así. Dijo sus verdades, tan respetables como emotivas, y se convirtió en la atracción de ese acto gris y desangelado. Lo más aburrido del mundo. Burocracia institucional al más rancio...

