DE lo que el criminólogo Robert K. Ressler llamaría spree murders, algo así como «asesinatos recreativos», tuve primera noticia en una negrísima novela de James Ellroy. Alguien, de vez en cuando, compraba al director de un penal mejicano alguna de sus desdichadas pupilas. En un lugar del desierto se procedía a rodar la película, para cuya realización se había...

