La primera vez que probé el beaujolais fue a principio del decenio de los setenta. Me encontraba en París por motivos de trabajo, era la segunda quincena de noviembre, y en los cristales de casi todos los café-tabac de la ciudad se anunciaba, de manera alborozada, «Le nouveau beaujolais c’est arrivé!». Parecía que se trataba de un gran acontecimiento y, ante...
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