Antiguamente, cuando eliminaban a la selección de un Mundial o un Europeo, la costumbre –muy española, pero olvidada a fuerza de títulos, copas y resacones– era echarle la culpa a alguien, con nombre y apellidos. El jugador que en el último partido fallaba un gol cantado o, con los guantes puestos, se comía un balón bajo los palos tenía todas las papeletas para...
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