Es curioso cómo se degradan las palabras. «Vamos, que tampoco soy un santo», decimos frecuentemente para justificar cualquier error, malicia o debilidad. Qué diferencia con aquel Pablo de Tarso que escribía sin rubor «a los santos» de las iglesias esparcidas por la orilla del Mediterráneo, sabiendo que en ellas abundaban quienes no tenían sus papeles en regla....
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