LA preocupación de la clase política puede parecer lógica; «hay más que razones», pensará usted. Como si la resolución de los problemas de cada ciudadano recayera sobre sus hombros por mandato divino. O como si hubiera que inventar algo que hacer para justificar su propia condición de asalariados de lo público. Algo que hacer, sí, para intentar llegar a casa...
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