En los pueblos que todavía son blancos, protegidos por una burbuja inmobiliaria pintada a mano y que no estalla, bien remetida en la tierra, se solían encalar las casas cuando empezaba a hacer bueno. Llegaba el blanqueador, un hombre que también tenía su temporada alta, montaba sus cañas y pasaba la brocha por unas fachadas que, además de limpias, de un día para...
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