Toda caseta de libros antiguos tiene algo de esplendoroso naufragio, de medio enterrada maravilla, de desorden sagrado. Así, la Cuesta de Moyano, que no tiene una caseta, sino treinta. En estos días de frío vive más parada en el tiempo que nunca, con un sol de estímulo que viene del fondo de los siglos, hasta pararse en el mostrador de la Librería Argileto, o...
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