Ni los pronósticos meteorológicos –con fresco y lluvias mañaneras incluidas– ni el desánimo generalizado por la crisis hicieron que los madrileños dejaran de cumplir con la tradición de acudir en romería a la pradera de San Isidro. Unos guardaron religiosamente la fila para beber el agua de la fuente; otros prefirieron unas rosquillas o una tortilla de patata...
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