La Tate Modern, a orillas del Támesis, cerca del Puente de Londres, siempre ha tenido mucha energía. No en vano era una central térmica reconvertida en un palpitante museo de arte moderno. En su vestíbulo está la sala de turbinas, un espacio inabarcable, donde se colocan –o instalan, que dicen los pedantes- inmensas obras escultóricas. Pero ayer la sala estaba...
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