Entre los últimos que hicieron la cola de la capilla ardiente había varios mendigos. Limosneros llorando la muerte de la mayor aristócrata. Esa imagen fue la ilustración de este final tan rotundo de Cayetana. Dos mundos teóricamente opuestos tocándose. A un lado, la mala vida. Al otro, la buena muerte. Así se cerró el velatorio. Alfonso, su marido, seguía llorando...
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