La misma escena se repetía cada noche, cuando Fidel Castro volvía a casa desde el Palacio de la Revolución. Dalia Soto del Valle, su segunda mujer, era avisada por radio de la próxima llegada del dictador cubano. Como una esposa devota, le esperaba en la escalinata, se daban el beso de rutina y él le confiaba su arma personal, un kalashnikov. La madre de cinco...
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