Tiene Esther Arroyo (46 años) una carcajada que es una azotea llena de ropa blanca, por eso cuando me recibe en su casa con sonrisa prieta se le adivina la pena llamando a los labios. Me ofrece una infusión relajante, que se ha acostumbrado a ingerir como agua. Tras seis años de espera, con mochila de calmantes, antidepresivos y esperanzas aplazadas, se ha pospuesto...
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