Cuando el Príncipe Carlos estuvo aquí, allá por el 2001, convidado por una firma de baldosas, se agotaron en la zona los alquileres de esmoquin. Había que ir como un príncipe, aunque el príncipe propiamente dicho cumplió aquella velada muy abrochado de su fija distinción clásica, que es un cruce de sesentón de óleo de linaje y chaqueta de yate. Se pueden cometer...
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