Había por Vigo una extraña publicidad institucional. Extraña, al menos, a ojos de un recién llegado. Un cartel con la imagen de un mejillón abierto y una frase: «Namórate de un galego». Enamórate de un gallego, me atrevería a traducir. ¿Qué extraña invitación era esa? Como fuere, a medida que pasaba el partido se aparecía el cartel. ¿Cómo que de un gallego? ¡De...
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