Concentrado y serio desde los prolegómenos, desde el calentamiento, el himno y el corrillo de las arengas, Pau Gasol volvió a meterse en su particular mundo –el ecosistema de la cancha del Pierre Mauroy de Lille, los socios, los rivales, la canasta– y ya no hubo nada más. Ni siquiera los 27.372 espectadores que contribuyeron a un récord histórico: jamás hubo...
Suscribete para leer la noticia completa:

