Hace frío en la cumbre de Sestriere. Las nubes se han impuesto y el día viene cargado, no apto para mentes débiles que sucumben a la menor adversidad. Con el rostro tiznado como los mineros, llegan los ciclistas al puerto que un día entronizó la valiente exuberancia de Chiappucci y generó una agonía en Induráin, el gigante tranquilo. Antes de Sestriere han atravesado...
Suscribete para leer la noticia completa:

