Al entrar en el Bernabéu, aún sin público, había un ambiente distinto. Cada localidad tenía su bandera y flotaba un polvillo dorado que podía ser la humedad del riego, una niebla exclusiva del recinto o, así sería, el humo de los petardos y tracas que recibían al equipo. La noche definitiva. Tan definitiva que Ancelotti se dejó de bailar la yenka del interior...
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