Los futbolistas salieron del estadio sonrientes y pensando en el Clásico. De un saltito se metían en el enorme autobús, donde les estaban preparando los bocadillos. Fernando Hierro, al pie del vehículo, observaba vigilante y satisfecho y parecía contar uno a uno a los jugadores, no fuera a quedársele alguno en Anfield. Modric sonreía absolutamente infantil, James...
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