En el ciclismo, el miedo no necesita palabras. Le basta con silbar. El sonido del viento. Los ciclistas temían al teléfono móvil, a la voz de los auxiliares que, en avanzadilla, iban husmeando el rastro del viento. Enseguida llegaron noticias de Balazote, el plácido pueblo manchego donde, de repente, termina la sierra y se desenrolla una alfombra de asfalto recta...
Suscribete para leer la noticia completa:

