En el ciclismo, el miedo no necesita palabras. Le basta con silbar. El sonido del viento. De su presencia alertaban las pocas matas que han sobrevivido al verano. Al fondo esperaba la meta de Albacete, famosa por sus navajas. Para llegar a ella había que pedalear por ese filo de brea azotado por el miedo. Viento de costado. A favor. Aunque al final todo quedó...
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