septiembre de 1983. A Salvador, el dueño del mítico Gloria Bendita, restaurante de reuniones secretas de los hombres del fútbol, le pilló de sorpresa una vez, que no dos. El Castilla de Amancio, líder de Segunda, jugaba los sábados a las cinco de la tarde en el Bernabéu. Era la quinta jornada. Le visitaba el o Madrileño. El boca a boca había volado como Butragueño...
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