En el París otoñal, ese París tan distinto al de Roland Garros, crece hasta el infinito la figura de Novak Djokovic, un campeón desatado que termina con el amor propio de un David Ferrer que se pierde en los momentos decisivos. En ese París, cubierto y vertiginoso, un París imprevisible en los últimos años, se impone el serbio simplemente porque es el tenista...
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