De repente, por mor de un garabato oportuno en un email, a Diego Costa le salió un halo sobre la cabeza. Ya no había hierro, catadura de reo, salivazos o codos por delante. El ceño fruncido al verle se convirtió en un gesto risueño. El villano era un héroe en una especie de escenario dulcificado al que el Atlético no está acostumbrado.
Los de Simeone plantean...
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