«Con 17 años ya tenía un físico imponente. No se arrugaba nunca, incluso con tíos de treinta y tantos años que se las sabían todas. Peleaba los balones con una ferocidad que no había visto en mi vida». Javier Hernández recuerda la impresión que le causó ese chico grandote de andares destartalados que era la referencia en ataque del Peñafiel, un club de la segunda...
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