Hubo un plano revelador en la primera parte. Ancelotti, sentado en el banquillo, miraba el partido con una cara de notable asco. Era algo entre el desagrado y la repulsa, como si en el campo se estuviera produciendo el despedazamiento de un ser vivo. Miraba como miraría Brigitte Bardot el Toro de la Vega.
Poco a poco, sin embargo, su semblante se fue transformando...
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