Son las 4.45 de la mañana. En el barrio de Mantilla, en La Habana, aún es noche cerrada. En la calle, desierta, los primeros trabajadores tiran con esfuerzo del amanecer, sin prisa porque les agarre el día. Y, de repente, suena el teléfono en casa de Leonardo Padura. El escritor cubano, aún con un pie en el sueño, contesta aturdido, sin saber que esa llamada...
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