Su curiosidad era insaciable. Cual Da Vinci moderno, este humanista de porte distinguido, 1,82 de estatura y ojos azules, tocó casi todos los palos, y de manera ejemplar, aunque no fue en el Renacimiento, sino en plena Belle Époque. Trabajador incansable, él se lo guisaba y él se lo comía: fabricaba los colorantes y pigmentos que utilizaba, estampaba sus grabados...
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