Hay tragedias que se marcan de por vida, como un hierro ardiente, en el pecho de las ciudades y pueblos que las sufren, y en los corazones de quienes nunca imaginaron que la muerte fuese tan traidora. Santiago de Compostela y su madre Galicia nunca, nunca más, olvidarán esa noche de víspera de fiesta cuando en la Plaza del Obradoiro las campanas de la catedral...
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